16 – Sobreestimar conocimiento de lenguas extranjeras
July 20th, 2009 by Clasemedio
"What pass?"
Durante décadas, para ser clasemedio hacía falta saber exclusivamente castellano. Hablar otra lengua podía ser desde una muestra de vulgaridad (italiano, guaraní), distinción (francés) o una pertenencia -o pretensión de ella- a una colectividad noreuropea (alemán o inglés). En todos los casos, y por distintos motivos, el hablante de una lengua extranjera era menos clasemedio. Desde fines de siglo XX, en cambio, es una marca de distinción clasemedia el ser políglota. O, mejor dicho, es una marca de vergüenza no serlo. Todo clasemedio que se precie de serlo deberá ser, por lo menos, bilingüe. O, en su defecto, poder mentir para ocultar esa deficiencia. Y a este último recurso acude la vasta mayoría de los clasemedios.
Es que aprender un segundo idioma tiene requisitos muy particulares:
- Mucho tiempo. Un idioma no se aprende en unos meses.
- Conocimiento de un primer idioma. Es un grave error pensar que alguien con escaso dominio de la lengua materna puede aprender un segundo idioma. En el mejor de los casos, puede darse a entender o traducir palabras sueltas, pero es impensable que quien no domina un idioma pueda realmente adoptar otro.
- Esfuerzo. Aprender un nuevo idoma es, para un adulto, una experiencia humillante. Requiere admitir la ignorancia y practicar formas de comunicación que avergonzarían a un infante por su tosquedad.
Para el clasemedio, todo esto es intolerable. Aprender un idioma no es simple. Sin más opciones, el clasemedio generlamente opta por fingir el dominio de una lengua extranjera. Entiéndase por “fingir el dominio” la siguiente definición: dominar los rudimentos de un idioma de manera de poder entender más o menos el contenido de un diario y la capacidad de alcanzar un diálogo oral medianamente intelegible con un hablante nativo de ese idioma.
¿Pero qué idioma? Depende del clasemedio y su contexto, pero existe un escalafón lingüístico. En la base de la pirámide se encuentran el italiano y el portugués. No tiene demasiado sentido para un clasemedio esforzarse en aparentar conocimiento de estos idiomas: todo clasemedio nace aparentando comprenderlos. En caso de que sea necesario comunicarse con un hablante de estos idiomas, puede confiar en que podrá darse a entender con algo de esfuerzo, paciencia y buena voluntad (siempre de su interlocutor, claro está). Por encima de estos idiomas está el inglés. Por practicidad, demanda en el mercado laboral, y abundancia de institutos y materiales, es un idioma ideal para clasemedios. El problema es para los Clasemedios Importantes, que están convencidos que “todo el mundo sabe inglés hoy en día”. Eso nulifica su ventaja comparativa, obligándolo a ampliar sus horizontes. En general, terminan volcándose hacia el francés y el alemán. Los idiomas asiáticos tienen grandes puntos a favor, como el surgimiento de potencias económicas (antes Japón, hoy China o India) y el hecho de que poca gente los habla, facilitando el engaño. Su adopción por parte de la clase media está limitada por las pocas oportunidades que brindan para aparentar conocimiento y la complejidad de aprendizaje para hispanoparlantes. Otros grandes idiomas (como ruso, árabe, persa, swahili o turco) son generalmente ignorados por la clase media por ser considerados de escaso valor económico y social. Algo similar sucede con las lenguas clásicas, aunque aún retienen cierto valor en algunos círculos (sobre todo jurídicos y teológicos).
Los mecanismos usados por los clasemedios para engañar a los demás con su falso conocimiento lingüístico son diversos. Los más básicos incluyen las citas inócuas, el uso indiscriminado de extranjerismos (sobre todo anglicismos) y la sobrepronunciación de términos foráneos. Pero el Clasemedio Importante no se limitará a eso. Para el Clasemedio Importante están reservados los exámenes de academias internacionales. Hay pocas distinciones mayores para un Clasemedio Importante que haber pasado un examen de Cambridge, L’Alliance, la Dante Alighieri o el Goethe-Institut. No sólo le da derecho a considerarse un maestro de su idioma (aunque muchos políglotas diplomados jamás lean una novela, escriban un ensayo o vean una película completa sin subtítulos en su idioma adoptado) sino que le da un hermoso título para colgar en la pared y citar en el currículum. ¡Pura ganancia!




