Archivo para el tema ‘Gastronomía’

12 – El Salamín Picado Fino

Thursday, July 2nd, 2009
Notorio especimen de salame picado fino

Notorio especímen de salame picado fino

El salame, como la mayoría de los fiambres y embutidos curados, nació como forma de preservar proteínas durante los crudos inviernos europeos, cuando la mayor parte de la hacienda ya había sido pasada a cuchillo. Hoy, en cambio, el salame es un pequeño lujo, omnipresente en las picadas de amigos, como comida principal o como previa a un asado (tema meritorio para una o más entradas futuras en este blog, ya que estamos).

El salame tradicional incluye entre sus ingredientes grasa porcina o bovina cortada en pequeños dados. Su inclusión, obviamente, responde a la necesidad de incluir calorías y proteínas animales en la dieta de los campesinos italianos de la manera más eficiente posible – la inanición era una causa de muerte mucho más común que el colesterol hasta el Siglo XX, por lo menos en Europa.

A partir del ascenso social de los hijos de inmigrantes italianos en Argenina y Uruguay, el salamín adquirió la connotación mencionada de “comida de amigos” (no así el salame propiamente dicho, el que se fetea para rellenar sandwiches). Nadie en su sano juicio se toma el trabajo de pelar y cortar un salamín para comerlo solo. El salamín, como el asado o el mate, es una comida social (hay pocas cosas más tristes que comer asado o salame en soledad, el mate es marginalmente aceptable).

El problema para el clasemedio es que el salamín napolitano tradicional, picado grueso, tiene los mencionados cubos de grasa sumamente visibles. Eso es intolerable para el clasemedio, a quién la grasa le resulta a la vez vulgar y poco sana. Casi se puede decir que al clasemedio la grasa le recuerda a la vez el origen popular del embutido y su propia finitud. A la vez, la separación clara entre la carne y la grasa le resulta chocante. La grasa da una nota discordante, casi subversiva, diferenciándose demasiado de su entorno.

En respuesta a esta amenaza gastronómico-semiótica, la clase media argentina se vuelca al consumo de salame tipo “de Milán”, picado fino. Lo normal es que el clasemedio lo considere una alternativa más sana, menos grasosa, más homogénea. Por supuesto, todas estas cualidades (salvo la homogeneidad) son puramente obra de su imaginación: el salame picado fino en realidad tiene más grasa, y carne de peor calidad, que el picado grueso. El hecho de picar de manera más fina la materia prima lo único que permite es disimular la deficiencia de los ingredientes que lo componen y suavizar el gusto de la carne salada y curada. Pero eso alcanza para tranquilizar al clasemedio inseguro: el salamín picado fino es visual y gustativamente inofensivo.

10 – Los Tés Saborizados

Monday, June 29th, 2009

SANTOS: ¿Earl Grey, tiene?
CAMARERA: No, no tenemos.
SANTOS: ¿Lapsang Souchong o algún otro chino?
CAMARERA: No, tenemos té común, tilo, boldo, manzanilla…
SANTOS: Un café entonces.

Los Simuladores
, Primera Temporada, Capítulo 7

Connoisseur de Té de Coca

Connoisseur de Té de Coca

Para el clasemedio, el té está indisolublemente ligado a la idea del relax. Nadie tiene muy claro si el origen de esta asociación está ligado a los origenes orientales de esta planta, a que al día de hoy el té aún debe prepararse como una infusión tradicional (a diferencia del café, que está disponible en versión instantánea) o al más pedestre slogan de La Virginia. La cuestión es que la sóla idea de una taza de té relaja al clasemedio.

El consumo clasemedio de té difiere del tradicional té oligarca de herencia inglesa. El clasemedio no toma la infusión que George Mikes describe como “una especie de tisana incolora e insípida” via adición de leche. El bebedor de té de clase media busca un consumo levemente más exótico, pero sin necesidad de aprender sobre los distintos modos orientales de curar o fermentar la hoja de té, ni la práctica occidental del blending para combinar y mejorar aromas y sabores.

La solución: los tés saborizados con hierbas y frutas. Al clasemedio le resulta mucho más sencillo asociar tés con nombres de cosas que ya conoce (manzanilla, durazno, “frutos rojos”, “hierbas naturales”) que pensar en variedades con nombres como Darjeeling, Oolong, Earl Gray, Lapsang Souchong. Sabe que el té de tilo calma los nervios (si es que puede ignorar su gusto vomitivo, claro está) pero no la diferencia entre un blend inglés de desayuno y uno de tarde.

En la última década, el consumo clasemedio ha incorporado algunos tés de origen oriental. El más representativo es el té verde, al que se le atribuyen cualidades curativas de toda índole (¡Ayuda a adelgazar! ¡Reduce el estrés! ¡Es un reemplazo natural para la quimioterapia! ¡Es un efectivo antirretroviral en saquitos!). El problema es que en asia existen decenas de variedades y formas de preparación de tés verdes, que difieren mucho entre sí (pese a ser todos producto de la misma planta que el té negro comunmente consumido en Occidente). Al clasemedio no hacen más que confundirlo las discusiones sobre los méritos de los sistemas chinos contra los japoneses, o dentro de estos últimos las diferencias sutiles entre Sencha y Genmaicha: le basta con saber que hace bien, viene de oriente, y está medianamente de moda (hasta que a alguien se le ocurra vender otra variedad).

(La escritura de este post demandó aproximadamente dos litros de té negro tradicional, marca genérica de supermercado, sin leche pero con azúcar)