3 – El Campo

Un hombre de campo
En la mitología fundacional de nuestro país, el campo ocupa un lugar privilegiado (en más de un sentido). Es un espacio vasto, inabarcable, total. Es el escenario de nuestras guerras civiles del siglo XIX (y de nuestras desaveniencias democráticas a principios del XXI). Es el marco de la épica gauchesca de Martín Fierro y Don Segundo Sombra. Es también la fuente de riqueza de la aristocracia terrateniente vernácula, y ahí radica su atractivo mayor.
No da lo mismo hacer fortuna con una fábrica de clavos que engordar vacas (o, más recientemente, porotos de soja). La industria es sucia, implica lidiar con obreros, y generalmente requiere de viajes al conurbano. El campo, en cambio, trae a nuestra mente imágenes de verde, de aire puro, de libertad (y no de bosta, agrotóxicos y peones viviendo en condiciones de indigencia).
Para el clasemedio urbano, el campo es más que una actividad económica: es algo que toca sus fibras más íntimas. Por eso se explica que haya un barrio porteño que se llama Agronomía (y no Veterinaria, ya que estamos). Todo clasemedio lleva en su interior un productor agropecuario en potencia. Según su capacidad económica buscará eventualmente adquirir doscientas hectáreas en Trenque Lauquen, una mini-chacra en Luján, una casaquinta y un par perros en Pilar, o en el peor de los casos un helecho para el balcón.
Tan grande es la identificación del clasemedio con sus aspiraciones de ruralidad que lo llevará a asociar ese ámbito con sus momentos más preciados. Son comunes frases del estilo “Yo en vez de una gran fiesta de casamiento hubiera ido con los íntimos a comer un corderito al asador en el campo”, o “Conocí un pueblito re-tranquilo en la provincia, me encantaría mudarme para que mis chicos crezcan ahí, en un ambiente sano y seguro”, y sobre todo “Yo cuando me jubile me voy a vivir al campo”. Todo esto, claro está, sin pensar que a lo mejor los íntimos no quieren hacer 300 km de ida y vuelta para comer un cordero, que en ese pueblito bucólico son endémicas la promiscuidad, el incesto y la zoofilia (por no mencionar que el libro más nuevo de la biblioteca popular de la localidad se imprimió en 1986, y que el cine más cercano está a media provincia de distancia), y que cuando el futuro jubilado se caiga en el medio del campo sin señal de celular y se fracture la cadera nadie va a estar para ayudarlo. No importa: el campo no es práctico, pero tiene un romanticismo incomprensible para quienes no lo comparten.
El año pasado, la ciudad de Buenos Aires vio una manifestación particular de esta creencia clasemediera cuando miles de clasemedios salieron a las calles batiendo cacerolas en favor de las cámaras empresarias del agro. No menor es el hecho de que estas mismas cámaras fueran responsables del desabastecimiento de alimentos que sufrió por esa misma época la clase media urbana, cuando encontrar un bife angosto en una carnicería era más difícil que hacer llover en la Puna de Atacama. Pese al estupor que causó este evento en incontables sociólogos, a nadie debería resultarle una sorpresa: es simplemente una manifestación más del vínculo indestructible que existe entre el corazón clasemedio y la profundidad de la Pampa Húmeda.
June 23rd, 2009 at 10:10 pm
Me declaro culpable de haber hecho una boda en el “campo”
June 24th, 2009 at 12:10 am
Pisabosta!
July 27th, 2009 at 7:09 pm
[...] de la enorme afinidad de la clase media urbana por la cuestión agropecuaria. A la clase media le encanta el campo, y tomarse el subte hasta Plaza Italia es mucho más sencillo que ir a Sundblad, Saliqueló o [...]
August 14th, 2009 at 11:37 pm
[...] el próximo post, dejo este tentempié fotográfico. Avistado en una inmobiliaria marplatense. Ver: #3: El Campo Compartí con otros [...]