15 – Las plazas enrejadas

Empresa enrejadora de espacios públicos

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Las plazas enrejadas son el fetiche urbanístico más insólito que nos deja esta década. Surgen a raíz del axioma “más rejas es más seguridad, siempre y en toda situación y circunstancia”. Y a la clase media le encanta la seguridad.

El tema con las rejas como medida de seguridad debería ser evidente a cualquiera que se siente a pensar durante cinco minutos: son una solución en búsqueda de un problema. ¿Qué soluciona enrejar una plaza? ¿Evitan que ingresen ladrones? ¿Previenen el vandalismo? En realidad, si esos fueran los problemas, hay mejores maneras de solucionarlos que una estructura de hierro. Miles de víctimas de hurto y raterismo pueden dar fé de que una reja de dos metros es fácilmente franqueable por cualquier delincuente decidido a hacerlo. En otras palabras, las rejas previenen ilícitos ocurridos en plazas y parques durante la noche evitando que entren… ¡las víctimas! “Prevenir el delito” de esta manera es tan lógico como aniquilar sistemáticamente los yaguaretés misioneros para prevenir su cacería indiscriminada. En el mejor de los casos, se protege al clasemedio de sí mismo.

¿Y durante el día? Mientras el sol brilla, las rejas logran poco más que afear el paisaje urbano. Podría decirse que la reja de la plaza evoca para el clasemedio la seguridad de su propia casa enrejada, o que son un símbolo del imperio del Estado sobre el espacio urbano innegociable, pero la verdad es que existen mecanismos de comunicación más baratos y efectivos. Durante el día, las rejas son simplemente un estorbo visual.

¿Puede ser verdad que las rejas, que demandan una inversión considerable, no tengan ningún efecto real? Por supuesto que no. Las rejas en realidad tienen como finalidad reforzar la asepsia social en el espacio urbano: en plazas enrejadas no pueden dormir los indigentes, evitando al clasemedio el espectáculo desagradable de ver la pobreza de cerca (y sin estar mediada por la cámara de un periodista cool explorando la miseria humana).

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